martes, 2 de octubre de 2012

EL CASO WITTELBERG VII: LOS COQUETEOS DE WITTELBERG CON LA ARISTOCRACIA


 
En no pocas ocasiones hemos leído que Wittelberg se acercó a la aristocracia de Valcañete movido por intereses poco claros. Se ha hablado sin descanso de su afán por introducirse en los elitistas círculos de la nobleza europea y se ha señalado con el dedo acusador al artista, tachándolo sin conmiseración de frívolo, esnob e incluso “trepa”, si se me permite la expresión.

Ciertamente, no podemos negar el interés que demostró Wittelberg en hacer amistades entre la aristocracia, pero su propósito tenía, en cierto sentido, una dimensión artística puesto que éste no buscaba otra cosa que un mecenas (me permito recordarte, amable lector, que Wittelberg se hallaba al borde de la ruina en aquellos días y al mismo tiempo latía su pluma con fiebre creadora).

Nuestro protagonista llegó con el paso del tiempo a tomarles cariño a los nobles, llegando incluso a dedicarles un ensayo en el cual, influido por las teorías comunistas de Wittelberg Senior, trataba de despertar en la aristocracia “conciencia de clase” (con poco éxito, por cierto).

Introducirse en la corte no le resultó nada fácil a nuestro amigo. Los comienzos fueron arduos y a veces caía en la desesperanza. Trató infructuosamente de ser invitado a alguna fiesta o reunión social de alta alcurnia, como la puesta de largo de Isabelita del Fresno, la romería del toro embolao o la procesión del Cascamoñas, celebradas todas ellas con gran boato en la residencia del Conde de Albatera. Finalmente, tras trabar amistad con el Marqués del Franco Condado, llegó a asistir a una de aquellas fiestas.

Desde un primer momento intentó Wittelberg deslumbrar a los demás en la reunión. Exhibió sin pudor sus conocimientos de música, historia, política, religión y pretecnología, sin despertar gran entusiasmo entre los congregados. Durante su disquisición acerca de la naturaleza del alma y el concepto de impelencia, logró momentáneamente captar la atención de todos, pero no fue más que un oasis de efímero interés en el desierto de tedio en que se estaba convirtiendo la reunión a cada minuto. Ligeramente abatido, decidió quemar el último cartucho... y logró sorprendentemente su propósito. El magistral despliegue de chistes de leperos y ruidos corporales (habilidad esta última adquirida en sus años en un internado suizo), le abrió de par en par las puertas al mundo que anhelaba, despertando entre la concurrencia un hondo sentimiento de respeto y admiración hacia su persona.

El Conde de Albatera llegó a quedar gratamente impresionado por la capacidad de Wittelberg de eructar el himno nacional de Liechtenstein, sin tomar aire en ningún momento.

El artista, día a día, y fiesta a fiesta, se fue haciendo un hueco de honor entre la más rancia aristocracia. Disfrutaba enormemente en aquellas veladas, donde se discutía apasionadamente de política, lógica aristotélica y filosofía, y se celebraban acrobáticas orgías con la cuadrilla del bombero torero. Todo marchaba viento en popa, incluso se rumoreaba que un importante fabricante de monóculos iba a patrocinar las obras de teatro que Wittelberg tenía en mente, pero, desafortunadamente, sus proyectos se torcieron.

“El incidente”, como fue denominado por la prensa local, sucedió en la presentación en sociedad de la prometida del Conde Albatera, la bella y caprichosa Marquesa de Peralta. Wittelberg, alma enamoradiza, quedó deslumbrado por su porte regio, sus ojos azules y sus enormes patillas. Encarnita quedaba entonces muy lejos en su recuerdo. A ella le conquistó su gracia y donaire y la interpretación que hizo Wittelberg de “La cabalgata de las Valkirias” silbando con un peine.

Tras intercambiar algunos gruñidos, Wittelberg y la Marquesa se escondieron tras unas cortinas para poder conversar lejos de miradas indiscretas. El Conde de Albatera, que no había quitado ojo a su prometida, los siguió y, tras descorrer las cortinas y ver a su amigo chupando los dedos de los pies de su amada, creyó morir de celos.

Enfrentados por el amor de la Marquesa, los dos amigos decidieron que no había más salida que batirse en duelo, provocando de camino, las desgracias nunca vienen solas, la retirada del mecenas oculista, que no quería verse mezclado en tal escándalo.

El padrino de duelo de nuestro protagonista no pudo ser otro que el bueno de Van der Havoc, que a la postre decidiría la suerte de aquella disputa al quedarse dormido, no pudiendo, por tanto, llevar las armas al Campo del Honor.

El Conde estaba decidido a batirse aún sin armas (tal era su afán de venganza), por lo que el duelo se celebró finalmente a cabezazos.... a cabezazos y a primera sangre. Tras cuarenta interminables minutos en los que los duelistas cruzaron sus frentes a golpe limpio, el Conde introdujo su mano en el bolsillo de la levita para buscar un pañuelo con el que secarse el sudor, cortándose con un abrecartas, con lo que duelo terminó felizmente para Wittelberg. Algo mareado por los cabezazos y exultante por su triunfo, nuestro protagonista corrió a buscar a la Marquesa, a la que no pudo hallar en ese momento ya que estaba haciéndose las ingles.

La relación con la Marquesa no fructificaría finalmente, aunque, eso sí, sirvió para que Wittelberg publicara un par de obras a cuenta de su amiga.

Nota: capítulos anteriores de Wittelberg, aquí.


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