sábado, 17 de marzo de 2012

EL CASO WITTELBERG VIII: LA FILOSOFÍA VITAL DE VAN DER HAVOC.



 Valcañete, 3 de enero de 1.9xx.

Mi muy querido amigo Wittelberg:

No hago más que darle vueltas a la cuestión que planteas en tu última epístola. Yo creo firmemente que los tres momentos de ultimidad, de posibilitación y de imposición caracterizan a la realidad como algo que no es “de suyo”, sino como algo “de mío”. “De mío” de una forma sustantiva, de ser sustantivo quiero decir, no como aquel que habla del “de suyo” como algo propio, aunque no sea suyo. Suyo de él, me refiero, no “de suyo” como concepto filosófico ni como pirueta metafísica. El carácter de posibilitación como algo definitivo y definitorio del “de suyo” propio, no del “suyo mío”, sino del “de suyo” suyo como fin en sí mismo, como una unidad fundada en la realidad que cada cosa tiene en sí misma como suya propia e inherente a su carácter de cosa en sí misma propia “de suyo” y no “de mío” entendido como suyo. Todo esto es rotundamente cierto sin discusión posible, y también lo contrario. En definitiva, que yo lo veo muy claro: la pregunta no es si existe Dios sino ¿dónde he aparcado esta mañana?

Recibe un fuerte abrazo de tu amigo,

Fdo: Ludwig Van der Havoc.

P.D.1: Espero que tu estancia en Bélgica esté resultando provechosa y que el hecho de que te veas en la imperiosa necesidad de arponear turistas para subsistir no te haya acarreado ninguna complicación (ya sabes que en ciertos pueblos bárbaros no aceptan nuestras costumbres).

P.D.2: Disculpa las faltas de ortografía.”

La carta que acabas de leer, amable lector, es una de tantas que recibió Wittelberg de su amigo Van der Havoc, y en las que se puede observar la profundidad del pensamiento filosófico de éste último.

En anteriores artículos se ha hecho repetidamente mención a la obra filosófica de Van der Havoc, pero, en honor a la verdad, se ha tratado la cuestión con ligereza, y ahora es el momento de remediarlo. Adentrémonos, pues, en el apasionante mundo de Ludwig Van der Havoc y arrojemos, una vez más y con espíritu dispuesto, un poco de luz sobre las tinieblas de desconocimiento que rodean a Wittelberg y a su entorno.

La tarea de definir la filosofía havociana en pocas líneas se nos antoja difícil. En su peculiar universo, conceptos como la inteligibilidad, las propiedades fundamentales, la reflexividad, el Yo sustantivo, las tortas de aceite de Inés Rosales y el determinismo se constituían como base de su teoría filosófica y vital, que le llevó a adoptar en la vida posturas claramente nihilistas y a abrazar el llamado idealismo realista, que él mismo definía en su ensayo “De la realidad a la idea en cuanto a tal. Comprendiendo la impelencia”, de la siguiente forma :” El idealismo realista como expresión última de mi visión cosmogónica se constituye básicamente como una oposición de contrarios que se complementan en una suerte de conjunto armónico de la realidad absoluta y tangible y la realidad como idea... Idea “de suyo”, como no podía ser de otra manera. Por lo tanto, y de acuerdo a lo anterior, el hombre debe mirarse en el espejo del balonmano. Resumiendo, que lo mío es mío y lo tuyo es mío también”.

Bajo esta premisa, Ludwig nunca pagó nada en su vida, lo que le granjeó no pocos problemas que él contrarrestaba al grito de “no habéis entendido nada” y volvía a la carga con un discurso sobre la naturaleza de las ideas y el “de suyo” propio que desconcertaba a sus acreedores, que terminaban retirándose con grandes dolores de cabeza y sin haber cobrado un céntimo.

Van der Havoc era ante todo filósofo, si bien es cierto que sus primeros pasos como intelectual los dio en el mundo de la música tras su accidentado paso por el Conservatorio de Valcañete. Además de escribir ensayos de musicología, al igual que Wittelberg, compuso varias obras, entre ellas la “Sinfonía para alpargata y botella de anís”, que alcanzó gran éxito entre la crítica especializada, si bien es cierto que no le produjo grandes emolumentos.

Asimismo, Van der Havoc también se empleó como autor teatral, como ya hemos comentado repetidamente, escribiendo a medias con Wittellberg varias piezas, sobresaliendo por encima de todas “El Albornoz Hegeliano”.

Como autor en solitario no se prodigó mucho, destacando entre su producción un drama romántico ambientado en un palacio de invierno de Viena. La pareja protagonista, jóvenes aristócratas de modales exquisitos y educados en los convencionalismos sociales, ardían de pasión y se amaban a escondidas, hasta que un repentino ataque de gota truncaba su destino y los separaba para siempre. Esta obra, titulada “Lo cortés no quita lo caliente”, sufrió severos ataques de la censura eclesiástica. Al parecer, el principal problema provenía de que se consideraba que la orgía de cuarenta minutos que protagonizaba el joven amante con diecisiete coristas era “poco recatada” y, lo que era mucho más grave, “kantiana en exceso”.

Hastiado por los abusos de la censura y el poco rendimiento pecuniario que obtenía de sus desvelos, Van der Havoc decide huir de la realidad y refugiarse en la Universidad, donde impartirá clases de filosofía y escribirá sus relativamente conocidos ensayos. Para ser sinceros, debemos señalar que en los círculos universitarios no se le tomó muy en serio (a diferencia de hoy día, que se le ignora totalmente).

Se aplicó a su profesión con ahínco y entusiasmo, pero, considerando que había vivido muchos años fuera de los muros de la Universidad y que provenía del contacto con el mundo real y con seres humanos que realizaban actividades concretas y productivas, le resultó totalmente imposible llegar a Catedrático, a pesar de que hizo todo lo posible por olvidar los conocimientos útiles que atesoraba.

No obstante, no desfalleció y continuó ofreciendo a lectores de todo el mundo multitud de artículos y ensayos, todos ellos, en nuestra humilde opinión, de gran interés.

Van der Havoc, siempre a la sombra del genial Wittelberg fue, ante todo, un buen hombre y un excelente moroso.

(Continuará. Nota: capítulos anteriores, aquí.)

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