Corría el año… bueno, no me
acuerdo, pero estaba entonces estudiando en la universidad. Yo era en aquellos
días un jovenzuelo despreocupado, bastante vaguete pero hiperactivo con mis
hobbies. Digamos que era un indolente que no paraba quieto.
Un día normal consistía en algo
más o menos así:
9:00 Me despertaba. Yo entonces
consideraba que eso era madrugar.
9:30 Iba a clase una hora o dos
(o no, según me diera el punto).
12:00 Filmoteca. Había una
videoteca con miles de películas. Te dejaban verlas en una habitación
acondicionada. Pelis descatalogadas, documentales difíciles de encontrar,
cualquier cosa que se te pudiera ocurrir estaba allí. Droga dura para un cinéfilo.
14:00 De cervecitas con los
amigos. Después de una mañana dura es lo que tocaba. Si la cosa se animaba
comía de tapas.
17:00 Quedaba con JL y rodábamos
alguna cosilla con la cámara o pasábamos la tarde ideando alguna frikada.
20:00 Partido de fútbol sala y
tertulia cervecera post-partido. El deporte con moderación es bueno. No todo va
a ser sacrificarse.
22:30 Llamaba por teléfono a mi
novia de entonces que vivía en otra ciudad. Ella trabajaba y me contaba unas
movidas laborales tremendas y yo le decía con voz compungida “No sabes lo que
te entiendo”.
Bueno, eso era un día estándar.
Los fines de semana los dedicaba a disfrutar de la vida. La cosa es, me crean o
no, que tenía ciertos remordimientos de conciencia. No sé, la sensación de
estar perdiendo un poco el tiempo. Fue viendo la película de “La Colmena”
cuando le preguntan a aquel personaje: “¿Y tú cuándo estudias?”, cuando tomé
conciencia del elemento que fallaba. Tenía que ponerle solución. Había que
hacer algo para sentirme bien conmigo mismo. Y al poco tiempo vi la luz al
final del túnel. ¿Estudiar? Aquello quizá era demasiado arriesgado, mejor sería
hacer estudiar a otro.
Mi amiga M. me llamó para decirme
que un compañero de trabajo buscaba un profesor particular para su hijo, que no
aprobaba matemáticas ni con el libro por delante. Le dije que me ofrecía y
estuve haciendo cuentas para cobrar la hora a un precio que me permitiera
cubrir mis necesidades básicas: bono mensual de filmoteca, alquiler de pista de
fútbol sala y cerveceo ocasional. Este hombre estuvo de acuerdo y me mandó al
cenutrio de su hijo, que tendría unos 15 años.
Lo cierto es que me chocó que a
los 5 minutos de estar hablando con el padre de la criaturita me soltara una
frase tremenda: “Sé que te van a entrar ganas de calzarle una hostia al niño.
Yo nunca lo he hecho porque soy su padre, pero si se la sueltas no te lo voy a
reprochar”. Estaba claro que este señor seguía a rajatabla las modernas teorías
pedagógicas, era un hombre comprensivo y justo. Le contesté con un prudente “No
diga eso, por favor”. A la segunda clase dudaba si darle una hostia a mano
abierta o de revés, pero me contuve. Bastante tenía el pobre con lo suyo.
El niño era un nini de libro (no
como yo, que como habéis leído era un ejemplo de persona trabajadora y
responsable). Tenía una especie de bigotillo ridículo, siempre iba en chándal, con
mirada de vaca viendo pasar un tren, canijo y desgarbado, se expresaba en
cordobés montaraz casi siempre en monosílabos y se la sudaba todo menos el
fútbol. Era incapaz de retener la más mínima información que no tuviera que ver
con el deporte rey. Una vez lo puse a prueba y le pregunté por los partidos de
la 4ª jornada de la liga de ese año (iríamos por la 12ª o así). Me dijo no solo
qué equipos se enfrentaron, sino también los resultados, quién marcó y, en
algunos casos (para los partidos del Madrid, Barcelona y Atlético) sabía hasta
el minuto en que se anotaron los goles. Era increíble. Era un Rain man del
balompié el puto niño. Para todo lo demás tenía la inteligencia y el empuje
justo para pasar el día.
Retrato robot del
niño de los cojones
El primer día le pregunté qué
estaban dando en clase. Abrió el libro y dijo “Ejto”. Aquello era el Teorema de
Pitágoras. Se lo expliqué y le puse un ejercicio: “En un triángulo rectángulo,
la hipotenusa mide tanto, etc. ¿Cuánto mide el otro cateto”. El merluzo se
queda mirándome muy serio y empieza a decir: “Zei… no, ¿jiete?....
¿veinticuatro? ¿Frío?... ¿Sinco?”. Después de medio minuto de jugar al bingo de
Pitágoras le grité: “¡¡¡QUE NO TIENES QUE ADIVINARLO, COJONES, QUE RESUELVAS EL
PROBLEMA!!!”. Dijo un enigmático “Ah”, como si hubiera comprendido algo y
empezó a garabatear números hasta que me di cuenta de que no solo no sabía
resolver raíces cuadradas, sino que el animalito no se sabía casi ni la tabla
de multiplicar.
Así resolvía los
problemas el cachobestia.
El primer examen se saldó con un
poco honroso “Muy deficiente”. Llamé al padre de Einstein y me dio unas sabias
indicaciones: “Rodillazo en la boca del estómago y codazo en los dientes. No te
cortes”. Pero no, aquella no era la manera. Descubrí el modo de que me hiciera
caso: hablar de fútbol. Comentábamos la actualidad deportiva y se le cambiaba
la cara, despertaba del coma adolescente y prestaba atención unos minutos. Eran
los minutos de oro, había que meter algo de conocimientos en esa cabecita de
chorlito aprovechando el momento. Pero el pobre es que tenía una memoria de
Dori. Aunque iba mejorando poco a poco, se quedaba en un 4 o 4,5 y de ahí no
pasaba. Yo me lo tomé como un reto personal. El cafre este aprobaba sí o sí.
Reconozco que a veces se me iba la olla y le gritaba un poco, y mira que no
pierdo la paciencia fácilmente. Pero el niñato se reía cuando le gritaba, yo
acababa riéndome también y acababa la cosa con un “como no apruebes tu padre te
corta la cabeza y yo si hace falta voy al juicio a testificar en su favor”.
Lo bueno (ejem,ejem) del sistema
educativo de entonces es que se basaba en una variante de la evaluación continua de toda la vida,
que se traducía en que si aprobabas el último examen de la asignatura, que
abarcaba uno o dos temas, aprobabas la asignatura entera. Así se forman a los
líderes del mañana. Y resulta que los dos últimos temas eran de definiciones
matemáticas. Solo había que sabérselas de memoria y ya. Chupao.
Así que me dediqué a inventar reglas
mnemotécnicas basadas en el fútbol (ejemplo: sucesión matemática era Chapi
Ferrer, no me preguntéis porqué) y a hacerle repetir las definiciones de las
narices como un loro… Y el mamón del niño sacó un diez en el último examen. Un
diez. Su padre me llamó casi llorando, como quien habla con el hechicero de la
tribu que ha obrado el milagro. Le dije que había sido toda una experiencia
lidiar con el cabestro de su hijo y que por favor no lo alejara del fútbol.
Tenía cualidades de sobra para ser tertuliano de Goles Son Amores.
Fantástico relato. Me he reído un montón.
ResponderEliminarMe arranca usté siempre una sonrisa... Si alguna vez tengo un hijo cenutrio lo pondré a su cargo sin dudarlo, si es una hija me lo voy a pensar :)))
ResponderEliminarExcelente post, como siempre.
Que tiempos aquellos!!!
ResponderEliminarMejor no cuentes como estudiabamos Matemáticas, Física, Química, topografía, hidráulica, impacto ambiental, motores y máquinas, Climatología, edafología, geología... etc.
Todavía recuerdo las reglas mnemotécnicas para aprender en geología las beidilleitas con Jesús Gil en moto, las reacciones politrópicas ¿cómo? "¿Politrópicas? Julio Meden siempre miente" o el STOP secuestrado por Telemaco el hijo de Ulises para demostrar las ecuaciones de Bernuilli a la perfección... entre tantas y tantas otras, y lo mejor de todo que solo le dedicábamos una hora el día antes del exámen, porque había algo más importante que hacer "ver más deporte"...
Genial... volvería ahora mismo.
Saludos
JL
GRANDE!!! :D
ResponderEliminarCuanto tiempo sin pasarme por aquí!
ResponderEliminarMe ha matado lo del cenutrio (como le llamas tú) este. Sobretodo cuando intenta adivinar el cateto...si para cateto ya está él! Para que mas! jajajaja
Gran Gorostidi ;)