viernes, 5 de agosto de 2011

EL CASO WITTELBERG. CAPÍTULO IV

Aquí están disponibles los capítulos primero , segundo y tercero, aunque se pueden leer como relatos de humor independientes, a lo “Elige tu propia aventura”. 


CAPÍTULO IV. LOS PADRES DE WITTELBERG.


 A principios del siglo XX, Juan Jesús Wittelberg era un modesto periodista de provincias que llevaba una vida bohemia y ordenada. Escribía sus artículos en “El Tendencioso”, un periódico de ideología liberal – masónica que por aquel entonces tenía una tirada bastante limitada (apenas tres ejemplares). Su sueldo a duras penas le alcanzaba para ir tirando y sobrevivía malviviendo en una pequeña pensión regentada por sus padres. Algunos meses no podía pagar el alquiler y dormía en la calle.

Fascinado por la revolución rusa decide hacerse comunista y fundar una célula. Recientemente han salido a la luz las actas de fundación, redactadas por él, de las que incluimos los fragmentos más significativos, a título de anécdota.
“ (...) Acordamos la formación de la célula todos los presentes, a excepción de D. Eleuterio, que ha abandonado la reunión por considerarla “poco clandestina”. Tras discutirlo detenidamente, decidimos por votación unánime que la célula será eucariota, esto es, que no tendrá núcleo definido. Se estructura la célula de la siguiente manera:
- Mitocondria: Bonifacio Quintanilla.
- Aparato de Golgi: Wigfredo Kauffman.
- Retículo endoplasmático: Servidor.
- Tesorero: A convenir en la próxima reunión. (...)”

El desconocimiento sobre política de este grupo de amigos era notable; sin embargo, desbordaban entusiasmo. Como comunista, Juan Jesús Wittelberg dejaba bastante que desear. Era vago y demagogo, además de profundamente católico y defensor a ultranza de la propiedad privada y del libre mercado. Sus propios compañeros lo expulsaron de la célula cuando insistió en rezar el rosario justo cuando Bonifacio Quintanilla se disponía a recitar de memoria los capítulos V al XXI de “El capital”. Lo echaron de allí mientras le golpeaban con sus bombines.

Este acontecimiento marcó la vida de Wittelberg padre, ya que, desencantado, decide temporalmente abandonar su Valcañete natal para probar suerte en Madrid. En la capital del reino conoce el intrépido periodista a la que sería su futura esposa, María de las Angustias Yepes y Yepes, hija de un rico comerciante dedicado a la venta de aceite de ricino. El padre de María de las Angustias, Don Eutanasio, era un hombre recto y exigente que nunca fue aceptado en los círculos de la alta burguesía por ser demasiado bajito y no tener bien recortado el bigote, lo que le atormentaba.
Don Eutanasio adoraba a su hijita y no quería que un cualquiera se casara con ella. Reproducimos a continuación una carta que le envió a María de las Angustias cuando ésta alcanzó edad casadera. Desde aquí queremos agradecerles a los herederos de Wittelberg que nos facilitasen este curioso documento que ha permanecido inédito hasta el día de hoy.

“ Madrid y Mayo, 1.9XX.
Hijita querida de mis carnes fláccidas:
Como yo no pienso más que en vosotros y en vuestro bien espiritual y temporal, y como desgraciadamente hay tanta corrupción en las costumbres (por no hablar de cómo se come ahora), no encuentro sosiego ni de día ni de noche pensando si alguno, aprovechándose de mi ausencia y fingiendo ser honesto tratara de tender algún lazo a tu virtud. Eso, o que intentara revolcarse libidinosamente contigo en la parte de atrás de un coche de caballos.

No admitas visita ninguna de hombres, sea de la clase que fuera, si no está presente tu hermano. Ni mandes esquela ni te presentes a la ventana si no quieres que te abra la cabeza, hijita mía. Si fuera algún joven de clase, serio, virtuoso, de alguna posición y de tu gusto (esto último tiene menos importancia que lo anterior), se lo dices a tu hermano y éste le contestará con una esquelita sin firma a tu nombre y nos reuniremos con él. Si no cumple estas circunstancias, tu hermano, en nombre tuyo, lo despide con urbanidad, dándole las gracias y quitándole toda esperanza. Si insistiere, nuestros criados le dispararían al corazón, pero también con urbanidad.

Me estremezco al pensar como está el mundo. Recibe un abrazo de tu papi querido.”

María de las Angustias conoce, pocos meses después de recibir esta carta de su padre, que entonces se hallaba de viaje de negocios con una vicetiple, a Juan Jesús Wittelberg, a la salida de una obra de teatro. Se representaba aquella tarde la obra “Torreznos y Capuletos”, una mala copia de Romeo y Julieta, en la que el protagonista era un empleado de una funeraria que pasa por malos momentos porque transcurren los años y en el pueblo no se muere nadie, con lo que está a punto de perder su negocio. El final trágico de la obra shakespeariana era sustituido por un número cómico - musical con perro, muy de moda entonces.

María de las Angustias se había escapado de casa para ver la obra de teatro, pues no gozaba del permiso paterno para acudir a espectáculos donde “los hombres mostraban la barbilla, los lóbulos de las orejas y otras partes impúdicas sin reparo alguno”.

Al parecer fue amor a primera vista, ya que decidieron casarse enseguida, apenas dos minutos después de haberse conocido.
Como Juan Jesús no gozaba de una posición holgada precisamente, Don Eutanasio intentó remediar el problema mandando que unos estibadores del puerto le partieran las piernas. Eso sí, con urbanidad.

Todo estaba dispuesto para que la familia Yepes se deshiciera de aquel molesto pretendiente cuando María de las Angustias decidió tomar cartas en el asunto. Lloró durante días, imploró a sus padres, dejó de jugar al tute subastado(hecho que causó una honda impresión a Don Eutanasio) y finalmente inició una serie de huelgas de hambre consecutivas de siete minutos diarios que finalmente acabaron por ablandar el corazón de sus progenitores.

La boda se celebró en Valcañete el mes de Julio de aquel mismo año y durante un tiempo, apenas media hora, el matrimonio fue muy feliz. El 25 de Julio, a la 1.45 de la tarde y sobre un aparador, María de los Ángeles Yepes y Yepes quedó embarazada.

La relación empezó a deteriorarse con el paso de los meses y las discusiones comenzaron a ser el pan nuestro de cada día. El hecho de que Juan Jesús no se levantara de la cama hasta las doce de la mañana porque “le daba pereza madrugar”, unido a la falta de medios económicos y la incertidumbre por el futuro que era provocada por la negativa de Juan Jesús a trabajar porque “trabajar cansa” hicieron que la relación fuera pudriéndose por momentos hasta llegar a la separación cuatro días antes del nacimiento de su hijo.

Juan Jesús se fue de casa porque quería que su hijo se llamara Karl Marx Gustavo Wittelberg, mientras que María de las Angustias insistía en el nombre de Demetrio, para así poder llamarle Chuchi. Naturalmente, fue Don Eutanasio quien impuso su criterio, eligiendo para el nuevo retoño el nombre de Feliciano, en homenaje a Feliciano Velázquez, que según decía “es uno de mis escritores favoritos... Ese y el Greco, ¡cómo escribe el truhán!.” La cultura no era el fuerte de Don Eutanasio.

Visiblemente enfadado, Juan Jesús abandonó su hogar al ver que no iba a salirse con la suya y que el niño se llamaría Feliciano. Regresaría cinco años después. Según su esposa, Juan Jesús volvió cambiado. Así se lo contó en una carta a su prima Eulalia. “Él ya no es el mismo, parece como si estos cinco años le hubieran afectado mucho. Ahora, Juan Jesús se llama Teofrasto, es griego, mide 20 centímetros más, es pelirrojo y se dedica a la importación de hernias inguinales. ¡ Sin embargo me alegra tanto que haya vuelto! La vida vuelve a sonreírme otra vez.

Convencida por su marido, María de las Angustias, comienza a leer panfletos comunistas y anarquistas. La lectura de las ideas de Ned Ludd, hace que cambie su visión del mundo. Desde ese momento, se declarará ludista convencida. Como prueba de ello rompe las farolas de su calle y dos maquinillas de moler café que tenía en casa. La guerra contra la máquina es una idea que calará en la mentalidad del joven Wittelberg, su querido hijo.
(Continuará)

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