sábado, 7 de enero de 2012

FILIPO Y ALEJANDRO



I.
El rey Filipo pasó revista a sus tropas y comprobó, para su satisfacción, que el ejército macedonio era una máquina de guerra perfectamente engrasada.

La disposición de la infantería en la formación de falange tebana, aprendida durante su exilio en Tebas, se había mostrado muy eficaz en las batallas contra los tracios y los ilirios y a la hora de ir a comprar el pan, ya que se economizaba espacio en la cola de la panadería.

La organización del cuerpo de combate no era demasiado compleja. Por un lado estaban los pezhetairoi (soldados a pie), los hetairoi (soldados a caballo), los hipaspistai (portadores de escudos) y los herniatairoi (portadores de hernias inguinales). También había que contar con las impresionantes catapultas, que lanzaban gigantescas piedras, proyectiles de fuego y berenjenas caducadas (que causaban un gran número de bajas por indigestión).

Tras varias maniobras de entrenamiento, Filipo despidió a sus tropas y encaminó sus pasos hacia el castillo de Pella. Hacía varios meses que el rey se había convertido en un hombre triste y solitario. La vida le había golpeado duramente y se había encerrado en sí mismo. Su mayor desgracia fue quedarse viudo hasta en tres ocasiones y siempre de la misma mujer. La pena lo consumía, sólo encontraba consuelo en su hijo Alejandro, que alegraba un poco sus días.

Su actual esposa, Olimpia, era una mujer avariciosa, cruel y despiadada, capaz de cualquier cosa por satisfacer sus intereses. ¿Por qué no se separaba de ella? El motivo más probable era que el rey Filipo quería demasiado a la mitad de su dinero.

Los súbditos del rey lo tenían por un hombre recto y bondadoso. De su gran humanidad y sentido de la piedad da fe el historiador Arriano al referir una anécdota muy ilustrativa.  En cierta ocasión el ejército capturó a dos espías persas que trataban de conseguir la receta del pollo a la Macedonia.

Las leyes eran muy estrictas con respecto a los espías enemigos, que deberían morir despellejados, tirando de algún padrastro de un dedo cualquiera de la mano derecha. Filipo, haciendo gala de su gran compasión, permitió que les vendaran los ojos antes de que se cumpliera la sentencia, a pesar de que la ley lo desaconseja explícitamente.

Camino al castillo, el rey sólo pensaba en su joven heredero, Alejandro, que ya contaba con trece años de edad, y en cómo proporcionarle la mejor educación humanística y militar para que llegara a ser un digno jefe de su pueblo y se preguntaba qué estaría haciendo el pequeño en ese momento.

II.

El sudor perlaba la frente del joven príncipe, que galopaba de vuelta a casa. El esfuerzo realizado en la jornada de caza había resultado agotador. No fue fácil abatir a aquel inmenso animal. Fueron necesarios quince fornidos macedonios, siete esclavos ilotas y ocho horas de intensa lucha para acabar con él. Todos convinieron en afirmar que nunca habían visto una perdiz de semejante tamaño.

Desde el castillo de Pella se observaba una columna de polvo en el horizonte, señal inequívoca de que Alejandro y sus amigos regresaban al hogar. Eso, o es que hacía mucho viento.

Filipo salió a recibir a su hijo con los brazos abiertos. Cada día estaba más orgulloso del pequeño. Se dirigió a él de la siguiente manera:

-Hijo mío, observo con satisfacción como, con paso firme, te estás convirtiendo en lo que yo siempre esperé de ti. Algún día serás un excelente rey.

-Gracias, papi… Esto… me gustaría preguntarte algo. Verás, dentro de dos días toca Eumenes de Esparta en la taberna de Empédocles, y ya sabes cómo me gustan los conciertos de cítara. Déjame ir. Porfa, porfa, porfaaaaaaa…Soy un gran fan de Eumenes, no es ningún secreto.

-¿Un fan? ¿Pero eso que es? ¿Es que estás tonto?

-El padre de Ptolomeo, Lagos, le deja ir. Si es que van todos: Seleuco, Leonato, Hefastión…

-¿Y quién os lleva?

- Nos vamos en la carreta de Pérdicas, que hace dos meses que se sacó el B-1.

-Alejandrito, hijo, es que me da miedo que os vaya a pasar algo. La frontera con Iliria está a dos pasos y ya sabes cómo se las gastan. Tienen muy mala leche y les gusta saquear más que a un tonto un punzón de escritura cuneiforme.

-No te preocupes, que tendremos cuidado… ¿Me dejas o no?

-Haz lo que te dé la gana.

El pequeño Alejandro sabía que lo que Filipo quería realmente decir era “vete si te atreves”. Hay ciertas cosas que no cambian a lo largo de la historia.

1 comentario:

  1. Buen descubrimiento el de su blog. nota: yo en los dedos sólo tengo hermanastros. Soy inmortal.

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